Krampus.

El manto blanco que cubría la montaña parecía brillar con el incandescente sol que no podía derretirlo, asomado en el horizonte solo le hacía compañía al cielo.

La única casa que había estaba hecha de madera, era una cabaña sencilla, casi tanto como la gente que ahí vivía.

Aneu, el primogénito permanecía sentado, completamente absorto en las llamas que consumían la madera de su chimenea, en las llamas abrasadoras, en las llamas bailarinas.

-¿Qué ves?- preguntó su hermano menor- ¿Aneu?-dijo al no obtener respuesta y también se sentó a mirar el fuego

-Es que se mueve-le respondió después de un rato

-Pues sí, se está quemando la madera

-No, no, mira, quédate viendo, como que baila…

Eider pensativo le creyó a su hermano mayor, y permaneció y permaneció y permaneció. Justo antes de que creyera que se había vuelto completamente loco, el fuego comenzó a danzar al compás de una melodía que sus oídos comenzaban a escuchar. Una sonrisa se le formó en el rostro y sus ojos brillaron de alegría, era la cosa más maravillosa que había visto jamás.

Figurines comenzaban a formarse en las llamas, hacían malabares, reían y jugaban; incluso parecía que los saludaban, que les daban la palma.

Eider comenzó a estirar la mano.

-No- le dijo su hermano jalándola e inmediatamente las llamas se extinguieron

Ambos permanecieron sentados sin saber que decir o pensar, solo mirando la penumbra mientras el frío gélido de afuera se infiltraba a su hogar.

-Niños ¿qué hacen?-inquirió su madre- ¿por qué apagaron el fuego?, quítense de ahí, que se van a enfermar

Aneu y Eider comenzaron a moverse de reversa, lentamente, aún sin saber si lo que habían visto era real

-¿Qué no me oyen? Rápido, ¿qué están viendo?

-Es que el fuego…-comenzó Eider

-Shhh-le reprochó su hermano mayor

Hubo un momento de silencio.

Su madre cerró las cortinas y trajo consigo más leña-¿Qué? ¿se quemaron?- habló y comenzó a avivar la llama

-No, nada- respondió Aneu, estábamos jugando

-¿A qué? No quiero que jueguen con el fuego, nada más para eso se quedan, mejor vayan a buscar a su padre que ya se tardo y seguro es porque no puede cagar toda la leña, ayúdenle.-mintió, lo más seguro es que de nuevo estuviera bebiendo.

-Si mamá- respondieron al unísono.

Por lo regular era así, cualquier cosa que hacían o decían la usaba como pretexto para mantenerlos fuera de casa, aún desconocían la razón.

Los hermanos se acercaron a la puerta y comenzaron a cubrirse con ropa caliente mientras su madre volvía corriendo a la cocina donde algo ya olía a quemado.

Eider abrió la puerta y salió primero, seguido de su hermano mayor que lo tomo de la mano. Caminaron colina abajo un buen rato en silencio hasta que Eider no pudo más:

-¿Qué fue eso?

-No sé, pero no vuelvas a querer tocar el fuego, es peligroso Eider

-¡Pero estaba vivo!- exclamó aún incrédulo

-Pero sigue siendo fuego, te hubieras lastimado la mano-respondió un poco molesto

-Pues yo le lastime el corazón al fuego porque se apagó…

Aneu, pensativo, no dijo nada y Eider creyendo que había hecho algo mal, prefirió cambiar de tema:

-¿Cuándo vamos a cortar el árbol?

-Cuando papá nos diga

-Pero ya falta poco para Navidad, hay que decirle, además mami me ayudó a pintar unas piñas, quedaron muy bonitas, se van a ver bien en el árbol- dijo alegre

-Si encontramos algún día a papá le decimos, concéntrate y fíjate si no lo ves

-Mmm…- musitó algo triste al notar que de nuevo a su hermano no le importaba lo que decía y se cubrió la mitad de la cara con su bufanda, resignado a no hablar, comenzó a buscar con la mirada a su padre o huellas que delataran su ubicación.

Aneu, seguía pensativo, preocupado por lo que había visto: el movimiento de las llamas se había incrementado cuando Eider se sentó, ¿eso era bueno? Lo dudaba, porque le habían pedido la mano…¿querían que se lastimara? Tenía miedo, mucho miedo, pero prefería no demostrárselo a su hermano, lo único que quería era volver a casa, no quería que su madre estuviera ahí sola con el fuego…

-¡Aneu! ¡Mira!- dijo su hermano soltándole la mano y corriendo hacia donde había señalado

-¡Eider espera!

Ambos niños siguieron adentrándose en el frondoso bosque.

-¡Para allá no suele ir papá!-gritó Aneu en un intento de detener a su hermano que parecía flotar entre la nieve

Eider seguía corriendo con la vista fija mientras su hermano trataba de alcanzarlo. Comenzaba a oscurecer, los pájaros se quedaban estáticos en sus nidos y las sombras en el ocaso parecían tomar vida.

-¡Eider! Mejor deberíamos volver…-habló y se tropezó en la nieve-no trajimos el quinqué y…

Eider se detuvo al pie de un árbol y su hermano a unos metros también.

-¿Qué pasa?- prosiguió Aneu caminando y alcanzó a su hermano que ya se encontraba agachado.

-¡Mira!- exclamó este sorprendido y alzando ambas manos le mostro uno de los figurines que danzaba en sus palmas.

-¡Eider!-gritó el mayor sin saber qué hacer, estaba sorprendido, enojado, asustado…

-No quema- le respondió tratando de calmar a su hermano-está caliente pero…no me quema- estiró ambas manos para acercarle el figurín y Aneu retrocedió casi perdiendo el equilibrio.

Ambos se vieron a los ojos y mientras los de Aneu expresaban miedo, los de Eider revelaban una confianza suspicaz.

-No quema-le repitió para confirmarle lo que sus ojos veían.

Aneu se acercó y puso ambas manos cerca de las de su hermano; el fuego danzante paso a sus palmas y se sentó en ellas. Eider sonrió y sus ojos una vez más brillaron extasiados. Aneu comenzó a reír nerviosamente y su miedo se debilito.

-¡Baila fueguito!- dijo Eider riendo y el figurín obedeció pasando de manos a manos, Aneu ya no tenía miedo

No pasaron más de diez minutos pero sin darse cuenta la noche había terminado por caer, todo a su alrededor era penumbra a excepción del figurín que hacía peripecias para entretener a los niños que no se habían dado cuenta de la oscuridad a su alrededor.

-¡Eider!- se escuchó de pronto un grito y la llama se extinguió

-¿Papá?- se quebró la voz del niño

-¡¿Papá?!- gritó Aneu esta vez poniéndose de pie

Silencio absoluto.

-Aneu…-comenzó a sollozar el niño-Aneu ¿qué hacemos? Casi no veo nada, Aneu…-las lagrimas corrían silenciosas por sus mejillas

-Aquí estoy, aquí estoy-le tomó la mano-yo si te veo-mintió y respiro hondo-yo si veo…

-¿Ves a papá?

Otro silencio.

-No, a él no lo veo

-Hay que buscarlo

-No me sueltes-le respondió y comenzó a dar zancadas entre la nieve.

Avanzaban lento y la temperatura disminuía en sus cuerpos.

-¿Papá?-habló Aneu al poco rato-¡Papá!-gritó esta vez-¡Papá! ¿Dónde estás?-no obtuvo respuesta, pero se resigno a dejar de hablar, si lo hacía la penumbra parecía consumir su cuerpo- ¡Estamos aquí!

-¡Papá!- exclamó esta vez Eider-¡Pa…! Iugh, Aneu… pise algo y está caliente y…pegajoso-decía mientras alzaba los pies tratando de quitárselo

El mayor bajo la vista y se agacho al no distinguir nada. Estaba asustado de lo que podría encontrar pero aún así estiro la mano. Como esperaba la sorpresa no fue agradable: había un líquido negro y pegajoso que formaba un pequeño charco a sus pies, al parecer era un rastro de algo

-¿Qué es?-inquirió Eider

-No sé, parece miel pero…se ve negro

-Todo se ve negro-afirmó el menor

-¡Eider!-se volvió a escuchar la voz del padre, pero más débil, más lastimera

-¡Papá!-gritaron ambos soltándose de las manos y corrieron como pudieron en dirección del grito, que también era la dirección de aquel pegajoso rastro.

-¡Papá!-vociferó el menor

-Eider-se escuchó de nuevo la voz ahogada, cercana, casi como un susurro

-¿Papá?-preguntó Aneu con un hilo de voz por detrás de su hermano

-¡Papá!- chilló el menor, al distinguir un bulto en el suelo, se agachó para tocarlo y sus manos se llenaron del rastro negro que podía sentir entre sus dedos- fueguito ayúdame, ¡fueguito!

Aneu lo alcanzó y poniéndose de rodillas, desesperado, también comenzó a tratar de sentir a su padre.

Súbitamente las llamas danzantes comenzaron a aparecer por detrás del árbol donde yacía Marcos y desfilando rodearon la trágica escena.

El árbol seco y sin hojas lloraba resina negra y ese hombre que estaba tendido a sus raíces hacía lo mismo, por la boca, por los ojos, por los oídos…

-Eider…Aneu…-escupió más resina negra

Ambos niños quedaron paralizados, Eider empezó a berrear y trató de quitarle a su padre la resina del cuerpo

Aneu, se abalanzó a su hermano menor y frenético lo abrazó cubriéndole los ojos

-¡Papá!- decía el menor entre gritos ahogados mientras Aneu lo abrazaba con más fuerza

-Eider-suspiro el padre alzando una mano, tratando de alcanzar a los niños

Aneu retrocedió temblando con su hermano en brazos, y con los ojos fijos en su padre, balbuceó:

-No es real, no es real, no es real, no es real, no es real…

Eider forcejeaba por querer salir a abrazar a su padre mientras su llanto se le perdía en la garganta y Aneu sollozaba absorto en la negación.

¿Minutos, horas? Solo el bosque sabe cuánto tiempo pasaron los niños así antes de que las raíces del árbol salieran de la tierra y comenzaran a succionar al hombre.

En seguida los figurines de fuego comenzaron a avanzar formando un camino.

Aneu, a pesar de su corta edad, siempre había sido un cobarde y un egoísta, lo tenía muy en cuenta, sus pensamientos se lo recordaban todo el tiempo, justo como ahora: su juicio más nublado que nunca con la necesidad de querer dejar al menor ahí y correr colina arriba.

Uno de los figurines se le subió al regazo para llamar su atención y después de muchos intentos, consiguió sacarlo de la conmoción que jamás olvidaría. El niño con la respiración acelerada y un temblar por todo el cuerpo, lo veía fijamente, tratando de descifrar las sencillas señas que se le hacían; después de un rato viendo sin ver volteó por reflejo y notó el camino luminoso que se formaba a su izquierda.

Comprendió lo que tenía que hacer y con movimientos torpes, consiguió ponerse de pie sobre la nieve. Cargando con ambos brazos a su hermano que aún sollozaba, notó que el frío ya le había entumido las extremidades y apresuro el paso sin cuestionar nada; ya no le temía a las figuras, ya no sabía cómo volver a casa, ni siquiera sabía dónde se encontraba, nada que no fuera la imagen de su padre muriendo le venía a la cabeza.

Ya estaba nevando, el aire impiadoso soplaba por el bosque de un lado a otro, formando una corriente helada que amenazaba con apagar el fuego guía. Los animales nocturnos veían desde sus guaridas con desdén a los niños y si mirabas al cielo las puntas de los árboles parecían no tener fin.

Aneu camino sin destino aparente por media hora hasta que el cansancio consumió por completo su cuerpo, desvaneciéndose, cayó a tierra con su hermano, que en las mismas condiciones reposó a su lado.

…………………………………………………………………………………

La luna, en su punto más alto, iluminaba majestuosamente el bosque entero.

Eider despertó primero, la cabeza le dolía, la panza le gruñía y el corazón aún se le estrujaba con la vívida experiencia que atormentaba sus pensamientos.

Aneu despertó al poco rato debido a una pesadilla, sobresaltado y desorientado se paró de golpe.

-Aneu- habló el menor a sus espaldas- aquí estoy

El mayor dio media vuelta y aún con la respiración acelerada anhelo seguir en el sueño.

-¿Estás bien?- fue lo primero que se lo ocurrió decir

-Si- asintió el pequeño, sonaba raro, parecía afónico- mira- dijo y señalo a un par de pequeñas criaturas que se escondían entre el árbol más cercano

-¿Qué son esos? Eider, aléjate de ellos

-Pero son buenos, ellos son el fueguito

-¿Qué?- respondió molesto- pero son gnomos

-Somos duendes-habló uno de ellos saliendo del escondite

-Dicen que pueden traer de vuelta a papá- lo interrumpió Eider alegre

-¿Qué?- preguntó Aneu boquiabierto, un hilo de esperanza pareció flotar frente a él y estaba dispuesto a tomarlo

-¡Si!- estábamos esperando a que despertaras

-Calma jovencito- habló el mismo duende- es una posibilidad

-¡Pues dígannos!-exclamó Aneu- bueno… ¿Cómo sabes eso?-la duda comenzó a cortar aquel hilo- para empezar, ¿quiénes son?

-Duendes, habitamos este bosque desde antes de que tú nacieras

-¡También controlamos el fuego!- exclamó otro de ellos a sus espaldas

-¡Muéstrale, muéstrale!- habló Eider

Aneu extrañado miro fijamente a los cuatro duendes que tenía al frente. No parecían medir más de cincuenta centímetros, vestían sacos color vino y lucían de diferentes edades; después de lo vivido ya nada le parecía extraño.

El duende que presumía controlar el fuego dio un paso al frente y en la palma de su mano hizo aparecer a uno de los figurines para después ponerlo a bailar.

-Fueron ellos todo el tiempo- dijo Eider feliz- nos estuvieron ayudando

-¿Y por qué no ayudaron a nuestro padre?- respondió Aneu sin paciencia

-Con calma-tomó la palabra el primer duende, quien era el más anciano de todos-ellos son demasiados, ustedes tienen que detenerlos, detenerlo…

-¿De qué están hablando? ¿Detener a quién?

-Se llama Krampus, es una criatura de aspecto horrible y en esta época, específicamente, en esta la más larga de todas las noches castiga a todo aquel que pecó durante el año, su trabajo es eliminar las impurezas que impiden que la Navidad se celebre por su verdadero significado

-¡Eso es absurdo!, además, mi padre es un buen hombre- se quejó Aneu una vez más

-Yo solo digo las cosas como son niño, ustedes pueden impedir que su familia-enfatizó- desaparezca por completo

-¿Pero cómo?- preguntó Eider angustiado- papá y mamá son los que solucionan los problemas y-

-¿Por…completo?- interrumpió el mayor, ¿a qué te refieres?

El gnomo pensó con cuidado sus palabras y tras un breve silencio habló:
-Tú sabes a que me refiero

El mayor, asustado una vez más y aún sin acostumbrarse al sentimiento, tomo a Eider de la mano y comenzó a correr colina arriba

-¿Qué pasa? ¿A dónde vamos?- habló angustiado su pequeño hermano sin poder seguirle el paso

-¡Aguarda!- gritó a sus espaldas otro de los gnomos que lo iba siguiendo- toma

-¿Qué es esto?- indagó Aneu frenando para agacharse y tomar la pequeña pelota brillante

-Les ayudará a ver el resto de la noche, además si la rompen cerca de alguno de ustedes los protegerá el tiempo suficiente como para que puedan escapar de lo que sea que les este haciendo daño

Aneu la giró para observarla mejor y notó que su brillo provenía del fuego que tenía encapsulado, contenía muchos de aquellos figurines danzantes.

-Gracias- dijo

-¿No nos van a acompañar? -habló Eider- ¿los veremos de nuevo?

-No iremos porque hay fuerzas que ellos usan y que nosotros no podemos controlar, pero ustedes hallarán la respuesta

Eider sonrió ante aquella afirmación mientras que su hermano dudó de su alianza y de nuevo emprendieron la marcha. El menor se despidió de ellos moviendo su mano de un lado a otro hasta que los perdió de vista.

-¿A dónde vamos entonces Aneu? ¿Tienes un plan o algo así?

-No, pero tenemos que ver si mamá está bien, ella sabrá que hacer…el gnomo dijo que nuestra familia entera iba a desaparecer y-

-Era un duende- interrumpió el menor

-Lo que sea- respondió molesto el mayor y aceleró el paso colina arriba

Eider terminó cargando la esfera brillante y la sostenía frente a ellos, brillaba más de lo que dictaba el sentido común y era la única esperanza que los mantenía de pie.

Les pareció una caminata eterna, pero por fin los arboles comenzaban a dispersarse y la luz blanca de la luna ya llegaba por enfrente.

-¡Ahí está la casa!- exclamó el menor

-La veo pero…

Eider echó otro vistazo ante la duda de su hermano y notó que algo andaba mal, ese no era el color de la casa…mucho menos su forma.

Ambos niños se detuvieron en seco al estar frente a su hogar, que estaba hecho ceniza, con la madera quemada, seca y de un horrible color negro. Había perdido su forma por completo y se terminaría de caer en cualquier momento.

Se voltearon a ver e inmediatamente corrieron a lo que quedaba de la entrada.

-¡Mamá!- gritó el pequeño- ¿mami estas bien?

-¿Mamá estas aquí?- habló el otro retirando trozos de madera

Avanzaron lentamente por los restos de la casa y no vieron nada que no fuera ceniza

-Yo reviso la cocina y tú ve a los cuartos- hablo el mayor, rogando por que su hermano no encontrara el cadáver. Sus ruegos funcionaron.

Aneu entró con cautela a la casi inexistente cocina solo para encontrar un bulto rojizo con negro, sanguinolento, a medio quemar, justo como su casa. Era su madre. El niño se tapó la boca y volteó la vista para evitar vomitar pero ni así lo consiguió. La imagen del cuerpo de su padre se anexó y solo pudo salir corriendo de la habitación; otra vez el shock lo hizo temblar para permanecer inmóvil en cuclillas.

-¡Aneu!- el grito desesperado de su hermano lo sacó del trance y corrió para ver que ocurría

El mayor se detuvo frente al diminuto pasillo chamuscado para ver como un par de criaturas pequeñas sujetaban a Eider con fuerza. Tenían la misma forma y tamaño que los duendes, pero sus rostros, lejos de parecer humanos, tenían ojos color rojo, piel negra, grandes dientes y cuernos que salían de sus espaldas.

-¡Suéltenlo!- vociferó, el miedo era dueño de sus acciones- ¡llévenme a mí!- se rehusaba a perder a la única persona que le quedaba en el mundo. No podría hacerlo solo.

Los demonios rieron y con sus afiladas uñas comenzaron a arañarle los brazos al menor

-¡Aneu!- el chiquillo comenzó a llorar

-¡Ya basta!- gritó y comenzó a buscar con la mirada algo útil; pronto divisó la brillante esfera en el suelo, cerca de ellos.

-¿Qué harás pecador?-dijo uno de ellos entre risas

Aneu pensó cautelosamente sus movimientos y antes de que su hermano pudiera quejarse otra vez rodó y tomó la esfera. Los demonios saltaron con el niño al techo e hicieron muecas de asco.

-¡Suéltenlo o pagaran!- dijo sosteniendo la bola en alto. Los demonios comenzaron a reír y Aneu no necesito más. Lanzó hacia ellos la esfera.

El cristal se rompió en la esquina del techo cenizo que se cayó al instante, unas llamas enormes comenzaron a consumir a uno de los demonios que daba alaridos de dolor corriendo de un lado a otro. Un círculo de figurines gigantes que ahora parecían estar igual de endemoniados, se formó alrededor de Eider, tenían espadas, escudos y gritaban amenazando con golpes a los demonios.

-¡Ese idiota era el cebo!- gritó el segundo demonio mientras se le caía la cara a pedazos, las llamas ya lo estaban consumiendo.

-¿Cebo?- respondió el mayor temeroso, que no podía ver más allá del fuego, pero estaba seguro de que su hermano estaba a salvo.

-Si- escuchó una voz muy grave detrás de él- cebo

El olor de azufre fue lo primero que Aneu percibió, seguido de un tintinar de campanas y cadenas que parecían ser arrastradas.

Lentamente, buscando dentro de sí el valor del que siempre había carecido, dio media vuelta. Lo primero que vio fueron unas patas de cabra con más pelo del que debían tener; alzó la vista y pudo divisar a un ser con más de dos metros de altura, estaba encorvado, tenía unos enormes cuernos, orejas puntiagudas y dentro de las cuencas oculares no había nada. Una especie de capucha negra le cubría la espalda y su larga barba maltrecha le cubría el pecho.

Una sonrisa de afilados dientes, se formó en el rostro humano y avejentado de Krampus antes de que Aneu pegara su último grito.

-¡Aneu! ¡Aneu!- aulló el menor aún en el círculo. Trató de salir y los figurines lo impidieron poniendo sus espadas al frente- ¡Es mi hermano!- insistió pero el fuego no se retracto; al contrario, uno de los guardianes de fuego le ofreció la mano justo como lo habían hecho en la chimenea por la mañana.

El niño comenzó a llorar y rechazó la oferta con un manotazo.

-Somos familia y no voy a dejarlo- habló firme secando las lagrimas cristalinas que rodaban por sus mejillas rojizas- déjenme pasar.- Los figurines retiraron sus espadas y se extinguieron al instante.

-¡Que valiente!- dijo Krampus de espaldas y a punto de irse

-Dame a mi hermano y a mis papás- dijo Eider tembloroso y tratando de contener las lagrimas

-Te llevaría con ellos si-enfatizó- fueras como ellos, pero tú no eres como ellos- se dio la vuelta y las campanas en sus pies repiquetearon.

-Mientes-se le quebraba la voz- mi familia es buena

-Tu padre era un borracho, tu madre una prostituta y tu hermano un egoísta- respondió con asco-merecen lo peor

– No me puedo quedar solito- habló Eider con un hilo de voz y comenzó a caminar hacia el demonio- haré lo que me pidas, pero por favor, tráelos de vuelta – quedó a sus pies y sollozando lo abrazó con fuerza para consolarse- tráelos a casa.

Krampus rió con dicha y sacando de su capucha una cadena con hermosas y coloridas esferas habló:

-El puro siempre debe expiar las manchas de los pecadores, la historia siempre se repite… ¿no? ¿Te parece si hacemos un trato?

El niño se separo de aquellas patas peludas y secándose los ojos una vez más asintió.

-Pues entonces dime niño, ¿qué color es tu favorito? ¿cuál de estas esferas te gusta más?

……………………………………………………………………………….

-¡Mamá!, vamos a decorar el árbol- dijo Aneu cargando la caja de esferas a la sala de estar.

-Ya voy, ya voy- respondió ella revolviendo una vez más la comida que estaba calentando

-¿Falta una caja, no?- habló el padre que colocaba el árbol recién cortado en una esquina

-¿Si?

-Claro, son dos, la que te falta tiene unas piñas pintadas, las conseguimos hace poco

-Ah, es cierto- dijo y corrió a buscarla en el pequeño cobertizo.

Aneu volvió pronto y maravillado caminaba cauteloso viendo algo que había en sus manos

-¿Y la caja?- preguntó su padre

El niño alzó la vista con una sonrisa en el rostro y puso en alto una gran esfera color rojizo, rezaba “Eider” con brillantina.

-¿Y eso?- preguntó ella

-No sé, la encontré adentro de la caja de piñas

Los padres se miraron y encogiendo los hombros ignoraron de donde provenía aquel objeto.

-Pues cuélgalo y tráete la caja- dijo su padre

Aneu asintió y coloco en el centro del árbol aquella hermosa esfera.

-Eider es un nombre bonito- admitió su madre.

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