La primera de ellas nació de las profundidades de la tierra, justo en el centro, ahí donde el calor es insoportable y la lava se filtra por entre las rocas.
La segunda, floreció en la superficie de la tierra, entre el verde de un jardín, gracias al más cálido rayo solar, que además fue lo primero que pudo ver.
La tercera, completamente etérea surgió del roce entre dos nubes brillantes que se dirigían al norte.
Estas fueron el principio de la vida, cada una, formó lo que para ella representaba el significado de su existencia. Así con el paso del tiempo y la experiencia duramente acumulada se formaron tres grandes razas: los demonios, las criaturas y los ángeles; cada cual en su terreno cumplía con una función que ayudaba a su entorno, cada raza moldeaba el propósito de su vida y se desarrollaban.
Eventualmente las autoproclamadas Diosas descubrieron su mutua existencia gracias a los hijos que habían creado, quienes se dieron cuenta de los tres entornos existentes
Mildreth la última en nacer, quien era más sagaz, bajó de su hogar en el cielo un cálido día y algo presuntuosa se manifestó ante las hadas, elfos y demás especies de la tierra para preguntar por aquella que tenía control de su dominio. Las criaturas se maravillaron ante el dorado de su corto cabello, y revoloteaban ante su misterioso vestido hecho de sueños. No esperó mucho antes de que una aceitunada mujer apareciera, de cabello lago y ensortijado, con un andar peculiar, preguntó el porqué de su presencia.
Pronto Mildreth y Adhelisa entablaron una relación, compartieron secretos y delimitaron reinos para que así no hubiese problemas entre sus hijos. Se reunían de cuando en cuando y prosperaron hasta que el primero de los reinos reclamó su lugar.
Mephis, de seis ojos y piel obscura, era la Diosa más vieja, conocía mucho mejor todas las cosas, el ángulo bajo en el que se encontraba, le permitía ver a través de todo ser viviente, le permitía conocer sus intenciones, ver aquello que les dictaba el corazón. Sus hijos hechos a su semejanza, poseían las mismas cualidades, desinteresados por los ilusos deseos terrenales y celestiales se empeñaban en tentar a aquellos que tenían propósitos puros, se alimentaban de sus sueños y los mataban para terminar con su dolor, así su poder se incrementaba.
Ese primer reino, conflictivo desde que surgió, llegó al límite de tolerancia de las otras Diosas. Millares de años les tomó llegar a un acuerdo para subsistir. Millares de años les tomó aprender a compartir, a convivir. Nunca creyeron que encontrarían nada tan horrendo como Mephis; sin embargo, sus hijos no dejaban de crecer, las Diosas dejaron de tener la capacidad para enumerarlos y conocerlos a todos: algunos eran semejantes algunos diferentes, otros muy complejos y con tiempos diferentes de vida. Pronto reinaban con una venda en los ojos: guiadas por sus antiguos conocimientos.
Ese fue el fin de su trinidad absoluta.
La mezcla entre las razas se dio inevitablemente.
Pronto, en la tierra se vieron elfos con alas, en el cielo ángeles que controlaban la oscura lava y en el abismo demonios con colas de animales que ponían el verde por todas las cuevas: formaban raíces que crecían como hermosas flores hasta el cielo.
La trinidad, disgustada, intentó detener aquel fenómeno, pero las medidas tomadas no fueron suficientes, o tal vez ya no conocían a sus creaciones.
Miles de años pasaron de largo, se acostumbraron.
Una cuarta raza surgió de entre el lodo en la tierra. Junto con ella una nueva Diosa: Goethe.
La trinidad se alarmó, pero más que eso, se sintió asqueada.
Goethe apareció sin invitación en una de sus reuniones; a una de las Diosas le importó poco y otra ya ni siquiera recuerda cuándo es que comenzó a asistir, sin embargo todas coincidieron por primera vez: creían que era sumamente débil.
Joven, inexperta y rechazada Goethe se presentó:
-Los humanos exigimos un lugar para habitar
-¿Quién eres tú para exigirnos algo?- respondió Mildreth cepillando las plumas de sus alas
-Eres un poco fea- dijo Mephis con sonrisa burlona
-Tú tienes seis ojos-intentó defenderse
-¡Exacto!- se enorgulleció- nadie más aquí tiene seis ojos mujer, pero tú, tú tienes algo que las demás ya tenemos
Goethe recordó su reflejo en el agua, ella no era como cualquier humano: tenía cuernos que brotaban de su cabellera color ocre, tal como la lava, su nariz y orejas de ciervo las había visto en las hadas y el espolvoreado angelical de su rostro sabía bien a quien pertenecía.
-Y eso me hace aún más especial
-Aw, ¿por ser una horrenda mezcla de las tres? No lo creo niña, estas dos son tontas a su manera, por algo somos seres individuales
-No seré insultada con su presencia y con la tuya al mismo tiempo, Mephis
-No me importa y de todos modos ¿Cómo es posible que hayas nacido después de tu raza? ¿Qué nos asegura que tú eres su Diosa y no otro engendro más de las mezclas entre nuestros hijos?
-Salí del lodo por una fuerte ventisca, de entre las raíces más profundas, los humanos me estaban esperando
-¿Cómo es eso posible?- habló el ángel con repulsión- ¿ellos te…fabricaron?
-Eso parece
-¿¡Pero cómo!? ¿Qué te hace diferente a los engendros?
-No lo sé todavía, pero si querían que les ayudara eso haré
-Eso es completamente absurdo, no creeré la historia de un engendro-Mildreth se puso de pie
-No te vayas- habló por fin Adhelisa – tienen que ayudarme, los humanos están viviendo en mi territorio, a algunas criaturas…no les parece correcto
-No son muchos-respondió Goethe- solo quieren que no traten de hacerles daño, los humanos no tienen poderes como ustedes o sus hijos, no pueden defenderse, solo hay que delimitar un lugar y…
-Si no tienen poderes no creo que puedan bajar al abismo, así que yo me retiro- contestó Mephis y carcajeando se fundió hasta atravesar el suelo
-Mildreth ayúdame- dijo Adhelisa ya de pie, casi implorando
-Perdón querida, pero si tampoco tienen alas no podrán ir al cielo- se dió la vuelta y se elevó hasta perderse de vista.
Adhelisa, noble y sin poder insultar a la primeriza se perdió corriendo en el bosque.
Goethe permaneció de pie contemplando la escena ya vacía por unos segundos y empezó a sentir un hueco por dentro. No entendía porque la odiaban tanto, ni siquiera se entendía así misma. Las voces, que la acompañaban desde que surgió, se burlaban de ella, otras le daban ánimo, a otras se les oía llorar.
Decidió acompañarlas y se sentó para lamentarse en silencio, sus lágrimas purpúreas y brillantes rodaban por su rostro y mientras contemplaba el verdor del bosque; sus orejas de ciervo se movieron, le pareció escuchar un gimoteo.
Ilustración cortesía de: LuceDens Illustration ❤