Incomparable es el sentimiento de ser menospreciado, el colibrí lo tenía muy bien entendido. Era un amante de las peleas que no podía ser tomado en serio, los vibrantes colores que cubrían su cuerpo reflejaban un efecto contrario, desde tonos claros hasta los más oscuros que calaban tus pupilas, un alma solitaria que fingía no tener pasado.
Caminaba rutinariamente por la noche, con el frío rompiendo en su rostro; se detuvo por el familiar sonido ahogado de gente alborotada en un horrible callejón que daba a una puerta metálica oxidada. Tapizado de anuncios gritaba por su atención “Se buscan luchadores, ¡ese debes ser tú!” rezaba con una máscara vacía como imagen principal, y un dedo que casi tocaba la punta de su nariz. Nadie lo reconocería con una máscara, fue lo primero que pensó, era prácticamente lo que él hacía gratis, pero esta vez a cambio de dinero y lo mejor es que lo haría dignamente sin que vieran el arcoiris que iba en su cuerpo.
Frenéticamente comenzó a pintar su cuerpo de café con un charco de lodo que había a sus pies, y de amarillo con grasa su pico y patas, rasgando lo que traía encima hizo lo que siempre había querido, cubrir sus colores formando una máscara blanca con marcas azules y doradas que asimilaban cicatrices brillantes de extremo a extremo. Se había convertido en un águila.
-¡Una más!-vociferó el que se encontraba arriba de la tarima, pasando por sobre todos los gritos del pequeño recinto, mientras que la gente eufórica vitoreaba-¡¿quién más quiere probar?!
La voz profunda, llena de adrenalina, fue contagiosa y el colibrí inevitablemente corrió a donde esta estaba, podía sentir su cuerpo temblando con cada paso que daba, haciéndose más y más grande su oponente: perro negro de cuerpo esbelto, de ojos estirados y orejas triangulares, sin máscara pero con símbolos irreconocibles pintados de blanco.
-Las reglas son simples-dijo el árbitro ya que ambos estaban frente a frente- inmovilizar a su oponente con las habilidades de su especie
-Seguro-respondió el Xoloescuincle perdido en su éxtasis.
Sonó el silbato. Ya había comenzado, los gritos de la gente llenaban sus oídos, la bestia fue la primera en atacar, haciendo una dolorosa llave que llevo al colibrí al suelo e instintivamente voló hacia atrás para zafarse.
-No eres un águila-dijo el animal retrocediendo-¡Tramposo!- gritó, seguido de abucheos y chiflidos-¡Tramposo!-exclamó más fuerte y marcándosele las venas del cuello salió corriendo a arremeter contra él, dejándolo inmóvil de un solo golpe, ahorcándolo con una mano, le quito la máscara con la otra y comenzó a arrancar sus plumas que se fueron despintando poco a poco, mostrando su belleza-¡Un colibrí señores!-exclamó el perro enardeciendo a la muchedumbre y prosiguió arrancando las plumas con más fuerza y brusquedad, nunca había sentido antes tanto dolor, las suaves plumas caían y se desperdigaban haciendo de un arcoíris el suelo, no se había dado cuenta de cuánto las apreciaba hasta que las vio siendo pisoteadas, siendo escupidas, siendo menospreciadas- no intentes ser alguien más, ¡imbécil!- aulló el Xoloescuincle para después meterle un golpe seco en la cabeza que termino por volverlo todo negro.