La vida de un cactus.

Brillante era la esfera que tenía sobre su cabeza, incandescente el calor que le llegaba, sin embargo todo a su alrededor era oscuro, la luz que sentía no era más que un reflejo en su aceitunada piel cubierta de espinas, así era él y así era su vida…todos los días.

Ser un cactus era una vida difícil, especialmente cuando te lo hacían saber de mala manera; la primera vez que escuchó que lo llamaron así se sintió tan ofendido que tuvo ganas de caminar muy, muy lejos de ahí:

-¡Me pique con ese estúpido cactus!-había exclamado aquel que lo tocó

¿Estúpido? ¿¡Cómo se atreve!? ¡Además de que casi lo aplasta tiene el atrevimiento de insultarlo!…. ¿cómo le dijo?… ¿Cactus?…. Sí, así fue y ocurrió de nuevo muchas veces más, acompañado de otras maldiciones claro está, incluso llegó a creer que algunas de ellas también eran parte de su nombre.

 

Y ahí estaba él, como todos los días, sin saberlo, en medio de un vasto desierto cuyo paradero es irrelevante, al lado de una montaña seca y rocosa que en cierto momento del día le proporcionaba sombra, sombra que tampoco percibía, debido a ese ambiente asfixiante pero agradable, y soportable gracias al agua que fluía dentro de sí, de arriba abajo, burbujeante, fresca y limpia, la mantenía dentro y lo único que deseaba es que todos los demás que estuvieran allá afuera también la tuvieran.

Los deseos son peligrosos, ¿no?

La arena era caliente al tacto, fina y resbalosa: constante compañía de nuestro protagonista, ocasionalmente movida por la sofocante ventisca rezagada de las grandes dunas. Rojo vivo, rojo brillante y pequeño se movía por entre su base; plagada de trabajadoras e incontables hormigas que llevaban comida a su reina.

Había también majestuosas águilas que pilotaban el cielo azul mientras buscaban rapaces un objetivo. La presencia de una de ellas sobre su coronilla, sin previo aviso, lo dejó conmocionado.  ¿Qué hacía ahí? Auch, auch, auch, auch, zangoloteaba demasiado sus patas, ¿Qué no le dolían las espinas? Porque a él si le dolía que cayeran.

El joven y  torpe animal, contrario al pensamiento del esmeralda amigo, nunca había sentido tanto dolor en su vida, pero era incapaz de salir de esa trampa mortal, ¿Cómo algo tan bonito podía ser tan doloroso? Sin poder salir, continúo moviéndose bruscamente hasta que la maravillosa idea de usar su pico apareció, unos cuantos débiles repiqueteos retumbaban en la cabeza del cactus, hasta que su piel cedió y se formo un agujero; uno pequeño, insignificante y casi inexistente, que fue suficiente como para que el agua almacenada se fuera filtrando por sobre si hasta llegar al suelo; entusiasmado por su descubrimiento el animal comenzó a beber del agua que salía, tanto se enorgulleció de sí, que ni siquiera notó que ya estaba libre de las espinas que lo amenazaban.

El dolor quedó en segundo plano, ¡en tercero!…si es que existía uno, al fin y al cabo las espinas volvían a aparecer, lo que lo tenía anonadado era ese agujero que se había formado, ese pequeño agujero que dejaba correr el agua, y no, eso no era nada extraordinario, era simple lógica, las cosas caen si se perfora su recipiente,  pero ¿quién habría dicho que tenía los ojos ¡dentro de sí!? ¡Haberlo dicho antes! Se habría perforado desde hace mucho tiempo; se había estado perdiendo de todo: los roedores que se escondían bajo la arena, las otras inmóviles plantas que lo acompañaban, los claro-oscuros que formaban las montañas, las esponjosas nubes que lo saludaban y…el sol, el gran y brillante sol, esa estrella era su fiel compañera y de la única que sentía presencia, era preciosa y aunque la visión lo hacía sentir desencajado, el fuerte calor, le hacía saber que estaba en casa.

No pasaron más de dos horas antes de que se vaciara por completo su interior ¡oh! Pero qué más daba si se sentía débil por lo bajo si lo que más importaba estaba arriba, desde el cielo, saludando, recordándole que estaba bien donde se encontraba. Sin embargo, lentamente la escaza vida a su alrededor se fue apagando, ya que su incandescente amiga que se escondía más allá de la línea a la que él conocía como suelo, grande fue su agonía al ver que era reemplazada por otra estrellas, mil veces más pequeñas, de menor brillo, ¡ingratas!, no daban calor, apenas algo de luz; la peor parte era que ni siquiera podía llorar, se había secado pronto y más pronto  todavía se había ido su amiga, prácticamente él acababa de llegar y ella ya se había ido ¡oh! ¿Cuándo volvería? Tanto era su lamento que fue suficiente  para distraerlo esa noche, su más larga pero a la vez corta noche.

¿Una semana? Sí, digamos que fue una semana, digamos que fue el séptimo día, una tarde del glorioso séptimo día: entreabiertos tenía los ojos el ya no tan lima amigo, débil, cansado, sin siquiera notarlo, se encontraba bailando al compás del melodioso son del sol, un ritmo que solo las plantas pueden escuchar, alegremente y sin parar, sus raíces terminaron de flaquear y moviendo la arena con un par de piedras se escuchó un pequeño estruendo, cayó el cactus a tierra y pudo verse a sí mismo: un…horrible…sí, un horrible color café lo venía comiendo desde el comienzo de sus raíces, ya casi tocaba su rostro, ¿se estaba muriendo? Oh sí, lo estaba haciendo, era lento, más lento de lo que le hubiera gustado, ¿pero qué más daba? ¿Qué otra le quedaba? La verdad es que no importaba, ya no importaba, al parecer la vida viene con la muerte, su muerte, futura muerte, era gracias a su ya agotada vista, que aún divisaba los fulgurosos rayos del sol, que rebotaban, como hoy y siempre en su…suave piel, sí, ahora era suave, suave y carente de espinas, carente de agua, carente de vida.

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